viernes, 4 de mayo de 2018

Le deuxieme souffle/Hasta el ultimo aliento


HASTA EL ULTIMO ALIENTO
 Una habitación desvencijada, en la penumbra de una casa en ruinas. Un pájaro gaznando en su jaula. Una hombre en la desecha cama, esperando una llamada a traves de la niebla, porque en la humeda calle no siempre llueve. Con una estetica de blanco y negro, con este pensamiento empieza Hasta el ultimo aliento, traduccion inexacta de “Le Deuxieme souffle”. Un peligroso asesino, huye con un compañero de la prision. Asi presenta Melville el que podria considerarse su primer polar. Y nada menos que convirtiendo a Lino Ventura en ese ganster lider de su banda de asesinos. La presentación del personaje, cargada de un lirismo, rodado con maestria, desde la primera toma. Nadie como Lino Ventura le habria ayudado a este doble papel con su vis entre jocosa y bonachona, una interpretación inolvidable, que a través de unos gestos que le otorgan aire distinto y místico

Del director y co-guionista galo del film se puede decir que sólo el mismo se supera en meticulosidad y perfeccionismo,  con los personajes que él mismo crea. Tanto el proceder de Ventura como el de la policía están cargados de detalles mínimos, que junto a la escasez de diálogos  caracterízan el film. Y es que no lo necesitan sus personajes para dar a conocer las inquietudes y sentimientos. La pelicula es contemplativa. Montes, mar, espacios abiertos fuerzan al espectador a la observación de las miradas, las maneras de planear lo que consideran su ultimo trabajo, que por su esquema podria ser la cuna un trabajo en italia.  
Equilibrando la investigación policial, la trama, no goza de gran relevancia ni complejidad, pues no busca ninguna comparacion la con el cine negro del lado americano. Un cartilaginoso esqueleto, para exponer y dar cabida al personaje principal, quien, en su soledad, los únicos pilares que le sustentan son su perfeccionismo, su rubia fatal imprescindible en el cine noir y su buen y justo fondo. Pero no hay interacción con otros seres humanos cuando no hay intercambio recíproco de respeto, amor... Todo provoca una deshumanización del individuo. El personaje al que da vida Christine Fabrega, es la única persona con la que parece que se relaciona y a la que ama



El valor, la soledad, la ocultación de los sentimientos y los finales inexorablemente desdichados llegan a límites no alcanzados en 1966 ni por los clásicos del otro lado del Atlántico. Como decía la crítica, el maestro del 'polar', –el policiaco galo-, fue el más francés de los cineastas norteamericanos y el más norteamericano de los cineastas franceses..
Sus supuestas ideas pronazis le granjearon la oposición de los sindicatos de técnicos. Este recelo que inspira a la industria cinematográfica le hizo convertirse en productor de sus propias cintas. Diez años después, se convertirá en el prototipo de autor cinematográfico de cara a la Nouvelle Vague. Melville es el cineasta a quien Patricia Franchini (Jean Seberg) entrevista en 'Al final de la escapada' (Jean-Luc Godard, 1959)..

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Melville no filma a modo de despedida de un periodo, como si quisiera poner fin a un género por la puerta grande, más bien la autoconsciencia está puesta en el nacimiento de un estilo propio, de establecer un esquema fílmico, de creación de una serie de preceptos y arquetipos  variables en cada uno de sus films.
Recoge el gusto por el blanco y negro contrastado para metaforizar una vez más las contradicciones de cada uno de sus personajes y haciendo del noir una suerte de estudio psicológico. Estamos por ello ante un film humanista ya que el objeto del estudio nada tiene que ver con aspectos globales de la sociedad francesa del momento. El análisis pivota en un contexto concreto y versa sobre las contradicciones internas, en la lucha entra la ética propia y la leyes globales. Algo más íntimo, más palpable y cercano que el reduccionismo maniqueo del bien contra el mal.
Y es que estamos ante la génesis de dos constantes en la filmografía noir de Melville, por un lado la construcción y puesta en escena de individuos con códigos morales estrictos, con normas inamovibles y que, a pesar de moverse siempre en terrenos pantanosos y ser capaces de cometer actos delictivos de toda índole, siempre se rigen por una conducta estricta, obedeciendo a leyes propias, siendo militantes estrictos de sí mismos. Por otro, el desarrollo de un tono determinista en el fatalismo. No importa tanto el  delito, el inevitable desenlace fatídico, como si precisamente ser consecuente con la propia ideología personal fuera causa de la tragedia final.

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