sábado, 17 de diciembre de 2016

El faro de las orcas

Agradecido a Oti Rodriguez Marchante esta "navideña" cronicad  de una navideña película Lo mismo que hace el al director Gerardo Olivares, curtido documentalista, es que nos convierta la pantalla en una ventana con vistas a un lugar extraordinario, un formidable acantilado con faro y una playa de la Patagonia a la que acuden las orcas a jugar y merendarse a los leones marinos; un lugar en el que la impresionante naturaleza se ríe sin malicia de los problemas y planteamientos de cualquier ser humano de ciudad.
Allí vive un personaje solitario y que mantiene una extraña y cercana relación con las orcas, ese prodigioso animal de «aspecto Disney» pero con un «fondo Tarantino» que lo convierte en imprevisible y despiadado. La película nos muestra enseguida sus dos caras. Y allí llega el meollo de la trama, una mujer y su hijo autista, con la pretensión de embadurnarse con ese halo casi espiritual del hombre y las orcas.
La película prende en la mirada del espectador desde el minuto uno, tanto por su apabullante belleza como por la diversa intriga que cuidadosamente germina en la relación de esos cuatro personajes, ella y su hijo, el naturalista y ella, el niño y ese hombre algo autista como él y que ve el mundo con ojos parecidos, y la presencia de ese animal imprevisible en medio de todos ellos…Hay una zona de la película que se desenvuelve en ese terreno sutil y sentimental parecido al de «El hombre que susurraba a los caballos», que explora en lo terapéutico (o tranquilizador) de posar la mano y el pensamiento en el lomo de la naturaleza indomable, aunque Gerardo Olivares abre el plano argumental de su historia a los aspectos más humanos de los personajes, la doma de sus sentimientos, el cauce de sus emociones, la lógica de sus cambios, adaptaciones y convivencias, además de pequeños golpes de guión, fatalidades, que aliñan de inquietud el cuerpo de la película. El peso de la interpretación recae en la propiedad actoral de la pareja adulta, una Maribel Verdú que entiende (y hace entender) su personaje y Joaquín Furriel que se funde por completo en el suyo. A este lado de la pantalla, apenas se percibe lo forzosamente ficticio de algunas escenas con la impresionante orca porque el perfecto «animatronic» sólo deja traspasar lo inquietante del momento y la majestuosidad que se pretende al atrapar en el mismo plano el temor, el placer, la conexión y la posibilidad del cable pelado. Impresiona y emociona. Como la Navidad de nuestros dias.

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