jueves, 8 de diciembre de 2016

Vaiana

Manía de alargar las batallas finales en las películas, sean en unos almacenes o en un archipiélago precioso. Con el corto inicial que precede al film de animación, de John Musker y Ron Clements (La sirenita), Inner workings, ja tendriamos bastante. Los que somos mas de acción real que de muñecos simpáticos. En los 103 minutos de matraca bien realizada se encuentra de todo. Un dios salvaje viejo, una adolescente indígena enamorada del mar,  tatuajes con vida propia, un pollo que es francamente gracioso y todo envuelto en una resultona banda sonora.   .Varios milenios atrás en las islas del Pacífico Sur, Vaiana es la única hija del capitán de una larga estirpe de marinos. Con el objetivo de seguir los pasos de su linaje, y cumplir su sueño de surcar el océano, Vaiana se embarcará en una increíble aventura para convertirse en una auténtica navegante y salvar a su pueblo. En su periplo se encontrará con el legendario semidiós Maui, que la acompañará mientras viven innumerables peligros y se enfrentan a monstruos marinos y obstáculos imposibles. Los veteranos directores de films de Disney tan recordados como Aladdin o Hércules, se unen con la nueva generación de realizadores de la compañía del ratón y, junto a Chris Williams y Don Hall (Big Hero 6) dan vida a Vaiana. En esta ocasión, Disney se inspira en las historias orales de los pueblos y las culturas indígenas de Oceanía, y elaboran, desde la fantasía, una respuesta a por qué hace 3.000 años surcaron el Pacífico en sus barcos para, después, detener misteriosamente sus viajes durante un milenio. Vaiana, la protagonista y nueva princesa Disney, cuya voz en versión original corre a cargo de la debutante Auli'i Cravalho, se nos presenta como una joven decidida, valiente y tremendamente lista, el afán explorador y la conexión especial que las culturas de las Islas del Pacífico tienen con el mar. Disney tras la excelente Zootrópolis (2016) no rompe en lo fundamental con los cánones narrativos, discursivos, que han caracterizado las películas del estudio norteamericano durante décadas. Cánones, por otra parte, discutibles como tales, puesto que han estado en perpetuo proceso de mutación y experimentación, incluso si nos limitamos a la figura retórica de la joven o princesa Disney. No representa lo mismo lo planteado en 1937 por Blancanieves y los Siete Enanitos, que lo brindado por La bella durmiente en 1959, La sirenita en 1989, Mulan en 1998 o Frozen en 2013; por no hablar de protagonistas como la de Lilo & Stitch (2002), uno de los personajes más verosímiles en cuanto a carácter y físico de la historia del cine animado, sin que en su creación mediasen agendas o coerciones sectarias. Nombrar Lilo & Stitch viene además al caso porque su imaginario, aun a nivel doméstico, era similar al de la presente Vaiana: los Mares del Sur, atolones y archipiélagos, las ancestrales culturas polinesias y la apropiación occidental de sus símbolos vía el Tiki Pop; elementos asimismo protagonistas del reciente corto de Pixar Lava (2014). Y no hay que olvidar que, para una corporación con infinitos tentáculos empresariales como Disney, películas como estas se erigen en escaparates turísticos excelentes, en soportes de ficción idóneos, con los que publicitar y legitimar parques temáticos y resorts. A la hora de redactar estas líneas, una Vaiana de carne y hueso -Moana en Estados Unidos, su nombre ha cambiado en la Europa continental debido a problemas legales- recorre complejos hoteleros y de atracciones pertenecientes a Disney en todo el mundo, haciendo promoción de la película y, a la vez, otorgando a las instalaciones en cuestión crédito cultural. Si hay algo que debe valorarse, en relación con lo cinematográfico, al hablar de la Mouse House, es este tipo de estrategias, antes que aquellas con las que nos seducen sus departamentos de prensa. Pero vamos con la película, que, como apuntábamos, no descubre la pólvora como fábula, asignada como ha estado en su guión y realización a veteranos del estudio como John Musker y Ron Clements, firmantes de animaciones Disney tradicionales como El planeta del tesoro (2002) y Tiana y el sapo (2009) -otro ejemplo, por cierto, de princesa heterogénea.  La labor de los artistas citados genera en pantalla una sinergia única -a veces explosiva, a veces soterrada- entre el esplendor sin límites auspiciado por lo digital, técnica a que se adscribe en casi todo momento Vaiana, y una concepción del movimiento, la expresividad y la planificación que se debe en medida significativa a prácticas de la animación en desuso. Ello hace del filme uno de los más interesantes, equilibrados y, desde luego, deslumbrantes a nivel audiovisual que ha gestado Disney en mucho tiempo, amén de gozar de un trabajo de dirección sobresaliente. Con Vaiana, la compañía vuelve a demostrar sus innegables aspiraciones artísticas, así como un interés auténtico porque dialoguen en sus creaciones un legado descomunal, y la modernidad. El resultado de ello es una fiesta para los ojos, capaz de elevar el ánimo hasta la euforia merced al afán de todos los implicados en el filme por honrar la luz, el color, la plasticidad de lo humano y el paisaje, las formas de la vida que albergamos y nos rodea. Esta sensualidad primordial, que tiene manifestación obvia en la protagonista más arrebatadora diseñada por el estudio junto a la sirena Ariel, da al traste con cualesquiera moralinas que se le hayan querido imponer a la película, tanto da si en el seno de la propia productora, o por parte de ciertos medios y públicos. Como a Vaiana, a la belleza no se la puede domesticar.

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